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Las cosas se rompen

* Las cosas se rompen, admitámoslo. Cada vez que planeamos algo, una suerte de brisa cósmica conspira en nuestra contra y todo empieza a sal...

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domingo, 26 de noviembre de 2017

Dos fotos

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Visitar(nos) el pasado a través de una mirada.
Que te reconozcan más allá de cualquier palabra dicha.
Un gesto, un miedo, un olor que solo sentiste hace un montón de tiempo.
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El chabón entraba radiante al colegio, con toda la piel brillosa, mientras todos lo felicitaban por haberse desvirgado con una puta. Y le preguntaban cómo, qué hizo, qué te hizo, cuánto tiempo, cuánta plata. Yo no le pregunté nada porque mis celos iban a ser bastante obvios, y si me preguntaban porqué no pregunté les decía que yo quería tener novia y después garchar, que para qué desvirgarme solo por desvirgarme. Yo quiero estar con una novia y listo les decía y seguro me hacían algún chiste y se iban a seguir hablando, de cómo la conseguiste, qué te hizo primero y si acabaste. Obvio que ella no acabó.
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Siempre me quedó la duda de si eso fue real, de si no lo inventó para hacerse el macho, el copado. Andá a saber si no se le bajó, si no pudo meterla, si la chabona se decepcionó pero está acostumbrada.
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En las fotos está él haciendo un dibujo con lapicera negra que después me regaló. Una de frente, con flash, y otra de lejos, sin flash. En esa última él no sabe de la foto, está oscuro, en un rincón del aula. Está tranquilo, como siempre lo estaba en su oscuridad. En la primera tiene auriculares y se le ven esas pestañas grandes que tenía. En la segunda se ve mi fascinación por él. Lo digo porque ahí está mi mirada, a escondidas, intentado capturarlo en su momento más natural. Y en serio te digo que no me importaba que la gente se diera cuenta de que me gustaba un montón, de que tenía muchísimas ganas de ir y abrazarlo, quererlo, tal vez besarlo un poco. Lo que me importaba era que él no se diera cuenta de lo que me pasaba porque si no se rompe el hechizo, le ponés palabras a lo que te pasa y cagaste.
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Después, mucho después, me dijo que yo era lo mejor y lo peor que le había pasado en la vida. Y a mí eso me puso re contento. Sé que es egoísta, pero si pude hacer algo así con su corazón entonces te digo que para mí yo le moví todo el piso, le tembló todo, lo asusté.
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Zarpado poder reconocernos en el otro. Saltar los prejuicios cuando se puede y meternos directamente en las oscuridades que nos proponen. Dejar que te regalen un dibujo copado, que tiene una estrella roja simbolizando que más allá de cualquier palabra dicha hay otras palabras que entran por otras partes, que se quedan, que son impermeables a la boludez de la edad.
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Pasaron casi 5 años desde la última vez que lo vi, y después de visitar(me) el pasado me quedan solamente esas dos fotos. Y ya está.
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*Emi

sábado, 20 de septiembre de 2014

Holoceno

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En el lago se refleja la Luna. Si bien el sol ya desapareció, el cielo todavía no se tiñó se azul oscuro. No hay nubes pero sí el sonido de grillos y los pájaros y el viento entre los árboles que anuncian la despedida. En la orilla del lago hay un niño sentado, con las rodillas contra el pecho y la cabeza apoyada en las piernas. Tiene un poco de frío porque no pensó que se iba a quedar pensando solo en la orilla del lago a esa hora. Había salido a jugar con sus amigos y de pronto, así como si nada, se fue a caminar sin nadie que lo acompañe. No le importó al principio.

Mira la luna sobre el lago. Intenta percibir el ritmo con que las ondas la mueven. De repente una brisa le eriza la piel y ya está debajo del agua, desnudo. Estar solo en la inmensidad es como estar en la nada. Pero no tiene frío y puede respirar normalmente. Tiene los brazos y las piernas extendidas, como si no tuviera miedo ni vergüenza. Los ojos bien abiertos, hacia la oscuridad.

El niño está enamorado de una compañera de su colegio, más bien, de una amiga. Con ella es feliz. La acompaña todos los días hasta su casa y los fines de semana salen a andar en bici por los cerros y cuando llegan al más alto se sientan en una piedra al lado de un árbol gigante y, mirando el paisaje lleno de casitas escondidas y el lago como espejo del cielo, comen las galletitas y toman el jugo que sus madres les prepararon. Y se ríen mucho.

Pero una vez ella se cayó y se lastimó la pierna y él no sabía qué hacer y apareció un señor que la conocía y se la llevó al hospital y resulta que no solo tenía la pierna fracturada sino también traumatismo de cráneo y todavía no salió del coma y hoy le dijeron que se la llevan a Córdoba para hacerle unos estudios y no sabe cuándo vuelve. Si se hubiera muerto por los menos sabría en serio que no va a volver.

Entonces, debajo del agua, cierra los ojos y los vuelve a abrir. Ahí, a unos dos metros frente a él, está ella con su bici que lo viene a buscar. Le dice “Ya estoy bien, ¿Vamos a andar en bici?” y él sonríe y le da la mano y se van juntos por el mundo. Después el niño se levanta de la orilla, camina, con una lágrima en el ojo que tiene adentro la luna, se sube al auto y llega a su casa. En la cama, con su mujer en los brazos y sus dos hijos durmiendo en la habitación contigua, recuerda que esa noche de hace tantos años no hubo Luna  y en su casa lo retaron por llegar tan tarde y tener toda la ropa mojada.







6/9/14



















































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martes, 11 de febrero de 2014

Capítulo VI: Geometría (extracto)

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Ahora pienso yo. Pongamos la mente en blanco, que se olvide todo y nosotros seamos el olvido con lo olvidado, que nada nos recuerde nada.
Está oscuro, y frío. Pero frío quieto, frío de aire acondicionado que enfría de lejos. La fuente del frío es imperceptible, no hay viento, solo calma y silencio. Estamos flotando. No levitando, ni haciendo un leve balanceo, solo quietos, cómodos, parados en el aire invisible. Miramos a lo que creemos es el frente. Podemos intentar mover un brazo, subirlo, tocarnos la cara: es la misma de siempre. Movemos los dedos de los pies, sentimos la piel de gallina que estremece toda nuestra médula. Abrimos y cerramos los ojos. Olemos el olor de nuestro cuerpo. El mismo, al igual que el sabor de la saliva. Intentamos hablar, pero el sonido se apaga secamente, como si no hubiera superficie donde pueda rebotar y volver a nuestros oídos. Escuchamos nuestros latidos, la sangre corriendo y palpitando. Y un leve zumbido que proviene –nada más y nada menos- que de nuestra intensa actividad neuronal. No entendemos, pero estamos bien. Sin dolor, sin hambre, sin sed y el frío no es lo suficientemente intenso.
“Ya llegará la luz” nos prometemos.
De pronto, se iluminan nuestros pies. Una luz algo amarilla, que al principio nos deslumbra pero que luego naturalizamos: es nuestra luz, es la luz que pensamos. Nos rodea los miembros, se esparce como agua en nuestra piel, nos toca, y aunque no la sentimos, nos invade los sentidos. Estamos impregnados de esa luz y la consideramos nuestra primera creación. Y luego de ese primer eslabón pensamos en las cosas que tocará esa luz que no son nosotros: ahora buscamos la forma de nuestro universo posible.
La encontramos: un punto a lo lejos del cual se desprenden tres líneas simétricamente, en ángulos de ciento veinte grados. Las tres siguen su camino, inclinadas hacia nosotros en un ángulo convexo y de los vértices que eran su objetivo se desprenden otras tres líneas, una de cada uno, y se unen formando un inmenso triángulo que está situado detrás de nuestra posición. Si la imagen no es errónea, descubriremos un gran tetraedro en cuyo centro estamos situados. Las caras son espejos. Enormes espejos, iluminados por nuestra luz. Ya somos padres y madres de nuestro universo, y lo amamos como nuestro pequeño hijo.

Aun así, nuestra criatura parece ser mucha más antigua que nuestra primeriza nada: estos espejos nos muestran un infinito que no nos pertenece. Nuestra luz rebota y se alarga, se dobla y ocupa los lugares más recónditos de las imágenes más lejanas que nos devuelven los inmensos espejos. Y en todos lugares estamos nosotros. Y aun así, en el espacio sideral, no nos vemos.






































*Emi

sábado, 5 de marzo de 2011

El Corazón Desprotegido

I

Eso de intentar cambiar el mundo, era una minúscula parte de las ideas que tenía Pedro. Él sabía todo. Es más, hasta hablaba de haber estado en el momento del Bing Bang, de haber visto cómo se formó la cordillera de los Andes y de conocer el verdadero nombre de Dios. Estaba loco, yo nunca le creí eso del nombre de Dios, y sin embargo cada vez que lo escuchaba le volvía a creer como un tonto. Empezó de a poco, pero sus charlas en la plaza del barrio ganaron mucha popularidad, tanto que tuvo que llevar un amplificador con micrófono para que lo escuchen todos. En sus días de gloria, su poder de argumentación era increíble, y el más escéptico le habría pedido perdón por contradecir sus conocimientos. Era “El genio”, “El gran conocedor”, “El sabio” y “El poderoso inteligente”. El título que nunca recibiría fue el de “Amigo”, tal vez porque no lo merecía, tal vez porque no había lugar en su cabeza para tal ridiculez, aunque yo creo que fue porque no podía, como nosotros no podíamos ser cómo él. Él era en su totalidad diferente. En su habitación, en su escritorio celeste (el chiquitito que se movía todo el tiempo), tenía esa palabra escrita, y les aseguro, más de doscientas veces.